Sergio Oswaldo García Solis
> “No les diré cómo murió. Les diré cómo vivió.”
— Simon Graham, El Último Samurái (2003)
Sergio Oswaldo García Solís no necesitaba ver con los ojos para identificar el peligro. Lo sentía en la voz entrecortada de un ciudadano, en el código de un mensaje que rebotaba en grupos de emergencia, en el eco de una sirena lejana. Aunque la oscuridad lo rodeaba físicamente, su mente era un radar viviente: una central de coordinación humana, un C4 encarnado en voluntad, estrategia y compromiso.
Desde su silla de ruedas —trinchera y nave de combate a la vez— canalizaba emergencias con la Cruz Roja, Protección Civil, Seguridad Pública y hospitales. No era operador de oficina: era operador del destino. Cuando las balas cruzaban los cielos de Guerrero, cuando los ríos se desbordaban, cuando alguien yacía en el asfalto entre cristales y sangre, Sergio ya estaba ahí... no físicamente, sino como voz rectora, como nexo entre la tragedia y la esperanza.
Clamaba por la vida.
No solo atendía emergencias, las peleaba. Se enfrentaba al caos con su teléfono como espada.
Llamaba a los hospitales antes de que llegaran los heridos. Sabía que cada segundo valía una vida. Repartía alertas en temporada de lluvias como si repartiera salvavidas invisibles. Canalizaba a paramédicos como un general mueve tropas. Era ciego, pero veía la emergencia antes que nadie. Estaba imposibilitado para caminar, pero recorría el estado con su presencia inmaterial, a través de las líneas telefónicas, los radios, las redes, los códigos.
Nadie lo sabía, pero detrás de cada accidente, de cada código rojo, de cada grito de auxilio, estaba él:
una voz discreta, lúcida y precisa que salvaba vidas desde cualquier rincón, a cualquier hora, sin esperar aplausos.
Él era el eslabón silencioso que conectaba la vida y la muerte… y elegía la vida.
No dormía en turno. Su vida era el turno. Vivía el llamado como una devoción. Tenía algo poderoso: la convicción de no dejar solo a quien clama ayuda.
Sergio cayó en soledad, como tantos héroes sin reflector. Su salud se apagó lentamente, como una central eléctrica que aún intenta enviar una última señal de auxilio. Su cuerpo se fue consumiendo, pero jamás se rindió. Cuando pidió compañía, no fue por miedo, sino por la necesidad humana de no morir ignorado.
Hoy no hablaremos de su muerte.
Hoy hablamos de cómo vivió.
Vivió como un centinela de todos. Vivió con dignidad.
Vivió como un guerrero ciego, que lo veía todo.
Vivió como una estrella que ardió hasta el final.
Vivió clamando por la vida.
Y en cada llamada de auxilio, en cada voz que pida ayuda…
algo de Sergio responderá, aún en el silencio.
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