Cuando el mar elige a quién llamar hermano
Dicen los viejos pescadores de Acapulco que el mar reconoce a los suyos. Que hay pasos que la arena recibe con gusto y otros que tolera por costumbre. Que no toda sombra que se acerca a la orilla viene a bendecirla. Y que, igual que el océano, el alma también aprende a distinguir. Hay amistades que nacen como jaguares de montaña: silenciosas, firmes, guardianas. No rugen para hacerse notar; basta su presencia para que el mundo recupere orden. Caminan contigo como si conocieran tus senderos antes que tú mismo. Son fuerza que acompaña, no que empuja. Otras amistades son como agua de manantial que baja desde los cerros. Claras, frescas, necesarias. Te tocan y te limpian. Te recuerdan que aún en los días más pesados existe un lugar donde la vida vuelve a empezar. Con ellas, uno siente que el corazón respira mejor. Pero también existen amistades que se vuelven como remolinos traicioneros. No se ven desde la superficie, pero jalan. Te desgastan sin ruido, te giran sin rumbo, te dejan sin air...